Crecer con padres emocionalmente no disponibles
Crecer con padres emocionalmente no disponibles es algo que aparentemente no se nota desde fuera. Tenemos casa, comida, estudios, puede que incluso algún gesto de cariño, risas, una sensación de que en casa no faltó de nada. Pero, si miramos un poco más dentro, aparece algo que nos resulta difícil de nombrar: tal vez una soledad rara, una sensación de haber tenido que hacerse fuerte demasiado pronto, de no haber tenido un lugar seguro para sentarse con lo que sentían. Y es que, en ocasiones, falta algo muy sutil e intangible: la presencia emocional. Esa sensación que se siente en el cuerpo de que alguien, de verdad, te está escuchando, te ve tal como eres y te sostiene.
Un padre emocionalmente no disponible no es necesariamente un padre ausente físicamente. Puede estar en casa, cumplir con sus responsabilidades y, desde fuera, parecer “correcto” e incluso perfecto. Lo que falta no es la presencia de cuerpo, sino la presencia “por dentro”.
Pero, ningún padre se levanta un día y decide: “voy a ser un padre emocionalmente ausente”. Un padre así suele ser, antes que nada, un hijo que tampoco tuvo adultos disponibles a su lado. Es alguien que aprendió muy pronto a guardarse lo que sentía, a no hablar de lo que dolía y a seguir adelante sin mirar demasiado hacia dentro.
En generaciones anteriores, era muy habitual crecer con mensajes como: “no llores”, “hay que ser fuerte”, “de eso no se habla”. La vulnerabilidad se asociaba con debilidad, y la prioridad, por encima de todo, era sobrevivir, sacar la familia adelante, poner comida en la mesa. La vida interior quedaba relegada a un segundo plano. En ese contexto, muchos niños aprendieron que sentir no estaba permitido y estos niños crecieron y ya de adultos, y sin herramientas para gestionar sus propias emociones, les resultó casi imposible sostener las emociones de sus propios hijos. Quizás esto pueda estar hablando de la historia de tu padre o de tu madre.
Ser un padre emocionalmente no disponible, en muchos casos, era la consecuencia de una cadena: padres que no fueron escuchados, que se criaron en entornos duros, con poco espacio para el afecto expresado, el diálogo íntimo o la reflexión emocional. No se trata de algo que tenga que ver con la maldad, sino con una desconexión aprendida en el núcleo de su familia de origen.
Cómo nos afecta crecer con padres emocionalmene no disponibles
En los primeros años de nuestra vida tenemos una necesidad emocional y biológica muy concreta: que alguien nos mire, nos escuche y se quede cerca de nosotros cuando lo estamos pasando mal. Cuando esa presencia está y nos calma, aunque no tenga todas las respuestas, nos ayuda a entender que nuestras emociones tienen un lugar, son bienvenidas y que no estamos solos.
Pero, cuando nuestros padres no están disponibles emocionalmente es frecuente que recibamos indicaciones, pero no acompañamiento: “pórtate bien” o “tranquilízate” cuando no sabemos cómo hacerlo. Nuestras emociones intensas, como el miedo, la rabia o la tristeza suelen vivirse como un problema, un exceso o una molestia, así que de niños nos acostumbramos a gestionar solos lo que sentimos. Percibimos que no hay espacio para ello en los adultos, y el mensaje que poco a poco vamos internalizando no suele ser “mis padres no pueden”, sino “yo no debería sentirme así”.
De niños no pensamos ni sabemos que nuestros padres no están disponibles a nivel emocional, sino que sentimos que molestamos, que mejor no necesitar nada a no recibir de ellos, o que si contamos lo que nos pasa somos un estorbo y desde ahí acaba construyendo nuestras estrategias para poder adaptarnos y sobrevivir emocionalmente:
- Nos volvemos hiper-responsables, complacientes o perfectos para que nuestros padres sientan que somos fáciles de llevar
- Nos hacemos invisibles y nos sobreadaptamos a todo para no llamar la atención
- O nos expresamos de forma muy cautelosa y contenida sin mostrar realmente lo que nos pasa dentro.
- Vivimos como personas extremadamente autónomas y poco demandantes porque aprendimos desde muy temprano que pedir y mostrar no eran opciones del todo seguras para nosotros.
Pero esto no se queda solo en la infancia, sino que en la edad adulta nos sigue acompañando a veces de manera extremadamente sutil que incluso hemos acabado normalizando con un “es que soy así”. Tal vez experimentemos dificultad para saber qué sentimos y qué necesitamos, miedo a molestar, a ser demasiado sensible o a necesitar demasiado a los otros. Quizás, también tengamos mucha facilidad para escuchar y sostener a los demás, y mucha dificultad para abrirnos a otros y dejar sostenernos, o tal vez una sensación interna de que no nos ha pasado nada grave, pero que hay algo dentro que no nos termina de encajar. Normalizamos lo que hemos vivido, porque es lo que hemos conocido desde pequeños, pero crecer con padres emocionalmente no disponibles deja una huella profunda en nosotros: “estoy solo con lo que siento”, “no hay lugar para mi vulnerabilidad”, “si quiero pertenecer, tengo que adaptarme”, etc.
A veces cuesta mirar con honestidad las carencias de nuestros padres que, también hicieron esfuerzos y sacrificios por nosotros. Aparece la culpa, el miedo a ser injusto, el temor a convertirnos en “el hijo o la hija desagradecida”. Pero normalizarlo es invalidar a ese niño o esa niña que vivió todo eso y que todavía vive en nosotros.
Reconocer que hubo cosas que sí recibimos y otras que nos faltaron es escuchar nuestra experiencia interna por encima de los discursos que lo minimizan, es validar a nuestro niño o niña interna que quizás fue silenciado, es permitirnos entender por qué nos cuesta hoy lo que nos cuesta, sin culpabilizarnos; y nos da margen para relacionarnos de otra forma con nosotros mismos y sin los demás.
No se trata de reescribir nuestra infancia ni de exigir a nuestros padres cambien. Se trata de ir encontrando dentro y fuera una presencia más disponible de la que hubo entonces, para que nuestra historia no se quede congelada en el “así fue y punto”, sino que pueda convertirse en un lugar donde también haya comprensión, sostén e integración.
Suscríbete a nuestra newsletter
Recibe contenidos e información de cursos y talleres para tu crecimiento personal y profesional
No nos gusta el SPAM. Esa es la razón por la que nunca venderemos tus datos.