¿Cuándo una experiencia se convierte en trauma?

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Una experiencia —sea puntual o repetida— no se convierte en trauma únicamente por lo que sucede, sino por cómo nuestro sistema nervioso la vive, la procesa (o no puede procesarla) y cómo queda registrada en la psique, la memoria corporal y emocional. 

Hay una cierta tendencia a asumir que, a mayor gravedad del acontecimiento, mayor será la huella que deja, pero hoy sabemos que no existe una relación directa entre la gravedad objetiva de un acontecimiento y el impacto que deja en nosotros. Hay experiencias que desde fuera pueden parecer devastadoras y que, sin embargo, podemos elaborar e integrar; mientras que otras, aparentemente de menor importancia o incluso difíciles de identificar como experiencias adversas, pueden marcar tan profundamente la manera en que nos relacionamos con nosotros mismos, con los demás y con el mundo que terminan operando en nuestra vida presente sin muchas veces seamos conscientes de ello.

Dos personas pueden vivir el mismo suceso y salir de él de forma muy distinta. Entonces ¿qué hace que una experiencia se convierta en traumática? Podemos decir que intervienen una serie de factores objetivos, subjetivos y relacionales que suelen estar presentes de una forma un otra:

La capacidad de afrontamiento

Nuestra capacidad para afrontar una experiencia no es siempre la misma. Depende de nuestra edad, de nuestro nivel de desarrollo, de las experiencias anteriores, del estado en el que nos encontremos, de los recursos internos que hayamos desarrollado y del apoyo que tengamos alrededor. 

Esto resulta especialmente evidente durante la infancia. Un niño pequeño depende de sus figuras de cuidado no solo para satisfacer sus necesidades físicas, sino también para regular sus estados emocionales y para comprender aquello que le sucede. Todavía no dispone de las capacidades cognitivas y emocionales de un adulto para relativizar una situación, buscar alternativas o recordar que una circunstancia difícil terminará. Por eso, una experiencia que un adulto podría vivir con cierta capacidad de afrontamiento puede resultar completamente desbordante para un niño.

No es necesario que exista una situación extrema. La separación de una figura de apego, por ejemplo, puede generar un miedo muy intenso en un niño que todavía no puede comprender cuándo volverá esa persona ni tiene recursos internos para tranquilizarse.

Y esto no es exclusivo de la infancia. También en la edad adulta podemos encontrarnos con situaciones como una pérdida, una relación abusiva, una enfermedad, una situación de violencia o cualquier circunstancia, que superan temporalmente nuestra capacidad de afrontamiento.

No es la intensidad del evento en sí lo único que importa, sino la relación entre esa intensidad y los recursos —internos y externos— con los que la persona cuenta para hacerle frente.

Amenaza para la vida, la integridad o el vínculo

Cuando hablamos de eventos traumáticos solemos pensar en una amenaza para la vida o para la integridad física. Y, efectivamente, este tipo de experiencias pueden ser constitutivas de trauma.

Sin embargo, los seres humanos necesitamos mucho más que seguridad física para sentirnos a salvo. También necesitamos pertenecer, mantener vínculos significativos, sentirnos vistos, poder confiar y experimentar que nuestras necesidades pueden existir dentro de una relación.

Por eso una amenaza para el vínculo puede resultar profundamente desorganizadora, especialmente durante las primeras etapas de la vida. Para un niño, la posibilidad de perder el amor o la protección de una figura de apego no es una cuestión secundaria. Su dependencia del adulto hace que la relación sea, literalmente, una condición para su seguridad.

Esto nos ayuda a comprender por qué determinadas experiencias relacionales pueden dejar una huella profunda aunque no haya existido violencia física. Crecer sintiendo que el amor depende de comportarse de una determinada manera, experimentar un rechazo reiterado, ser ridiculizado cuando expresamos determinadas emociones o percibir que nuestras necesidades molestan puede llevarnos a desarrollar estrategias destinadas a preservar el vínculo.

Lo que determina el impacto es la percepción interna. No importa tanto si la amenaza era “objetivamente grave” o no, sino si el sistema nervioso la vivió como real y abrumadora. Para un niño pequeño, un grito puede activar una amenaza de aniquilación del vínculo tan intensa como para un adulto un accidente de tráfico.

Inescapabilidad

Ante una amenaza, ya sea real o percibida, nuestro sistema nervioso cuenta con tres grandes respuestas defensivas organizadas de forma jerárquica: primero intenta resolver el peligro mediante la acción, a través de la huida o la lucha; si percibe que la acción no es posible o no tendría efecto—no puedo huir, no puedo defenderme, no puedo cambiar lo que ocurre—, activa una segunda vía basada en la inmovilización, que puede expresarse como congelación, colapso o desconexión; y en contextos relacionales, especialmente cuando existe dependencia o desigualdad de poder, puede aparecer una tercera estrategia orientada a la sumisión o aplacamiento, destinada a reducir el daño.

Esto ocurre con especial claridad cuando hablamos de infancia. Un niño no puede abandonar una familia de la que depende, ni puede enfrentarse en igualdad de condiciones a un adulto que lo intimida, ni puede comprender necesariamente que el comportamiento de ese adulto habla de sus propias dificultades y no de su valor como persona. En ocasiones, tampoco puede expresar lo que sucede porque ni siquiera dispone de palabras para hacerlo.

En esas circunstancias, adaptarse puede convertirse en la única posibilidad. Puede ser más seguro obedecer que protestar, estar atento a los cambios de humor de los demás que relajarse, ocultar el miedo que mostrarlo o desconectarse emocionalmente de una situación que no se puede modificar.

Ausencia de acompañamiento regulador

Cuando vivimos una experiencia difícil, nuestro sistema necesita atravesar un proceso para poder integrarla. Y ese proceso depende de dos condiciones:

La primera es poder regular lo que ha sentido. Ante una experiencia amenazante, el cuerpo activa una respuesta de supervivencia. Para que la experiencia no quede "atascada", esa activación necesita descargarse: el cuerpo tiene que recuperar el equilibrio emocional, volver a sentir seguridad y registrar que el peligro ya pasó. Solo entonces lo vivido puede organizarse como un recuerdo, algo que pertenece al pasado, y no como una amenaza que sigue presente.

La segunda condición es poder darle sentido a la experiencia dentro de una relación segura. Cuando podemos compartir lo que nos ha ocurrido con alguien emocionalmente disponible, que escucha, contiene y valida nuestra experiencia, resulta más fácil regular lo que sentimos, poner palabras a lo sucedido y construir una narrativa que nos permita comprenderlo e integrarlo. La presencia de otro puede ofrecer la seguridad que necesitamos para acercarnos a una experiencia que, en soledad, quizá resulte demasiado abrumadora.

En la infancia, esto resulta especialmente decisivo, porque los niños todavía no cuentan con las herramientas para regularse ni para dar sentido a lo vivido por sí solos: dependen de los adultos que los rodean para ambas cosas. Por eso, un niño puede atravesar una cirugía, la separación de sus padres o incluso una pérdida importante sin quedar traumatizado, siempre que exista una red que lo sostenga emocionalmente durante el proceso. Lo que marca la diferencia no es tanto el suceso en sí, sino si hubo o no alguien capaz de acompañarlo mientras lo atravesaba.

La repetición

Una experiencia que, tomada de forma aislada, quizá no resultaría especialmente significativa puede adquirir otro peso cuando se repite durante años. La crítica constante, la imprevisibilidad, la falta de disponibilidad emocional, la humillación, el rechazo o la sensación de tener que estar permanentemente pendiente del estado emocional de otras personas pueden terminar configurando un entorno en el que la seguridad nunca llega a estar plenamente disponible.

En estos casos puede ser difícil identificar "el acontecimiento traumático", porque no existe uno solo, sino una acumulación de experiencias.

Esa acumulación va enseñando al organismo ciertas reglas sobre cómo funciona nuestro mundo: que hay que estar alerta, que las propias necesidades son peligrosas, que no conviene confiar demasiado, que mostrar vulnerabilidad tiene consecuencias, o que el vínculo depende de la capacidad de adaptarse. Estas conclusiones tuvieron sentido en el contexto donde se formaron. El problema aparece muchos años después, cuando esas mismas reglas siguen organizando la vida de la persona, aunque el contexto que las hizo necesarias ya no exista.

Imposibilidad de integrar lo vivido

Cuando una experiencia nos desborda y no encontramos vías de acción ni acompañamiento suficiente, el sistema nervioso no puede completar el proceso natural de regulación e integración.

En condiciones óptimas, lo que vivimos se organiza como un recuerdo: el cuerpo descarga la activación, las emociones encuentran un cauce, y la mente puede darle un sentido y ubicarlo en el pasado. Pero cuando la activación es demasiado intensa o sostenida y no hay recursos internos o externos que ayuden a metabolizarla, la experiencia queda sin integración ya que sus distintos componentes —sensaciones físicas, imágenes, emociones, etc.— no llegan a unirse en una narrativa coherente. Y por tanto quedan registrados de forma fragmentada en la memoria corporal y emocional.

Esto implica que el cuerpo puede seguir reaccionando como si el peligro continuara, aunque sepamos que aquello ya terminó. Pueden aparecer, reacciones automáticas, estados emocionales que emergen sin aparente relación con el presente o, en algunos casos, lagunas en la memoria narrativa.

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